Virginia Peña lleva ocho años al frente de la Ganadería El Cingle, una empresa con certificación ecológica de Vallcebre (Berguedà). Cría cuarenta y nueve vacas lemosinas que pastan libremente por la montaña y comercializa una carne que es, ante todo, una degustación del territorio. La entrevistamos con motivo del Día Internacional de las Mujeres para conocer su historia y descubrir el Parque Regional del Prepirineo Catalán (Prepicat), un espacio agrario creado en 2022 con el apoyo técnico y económico de la Diputación de Barcelona.
A 1.000 metros de altura, las vacas de Virginia pastan tranquilas junto a un estanque de tonos verdosos, mientras un cuervo grazna desde el cantil de Vallcebre. Esta ganadera, originaria de Guardiola de Berguedà, se acerca a sus animales dando un rodeo curioso, señal del profundo respeto que les profesa. De inmediato, nos advierte: «Mis vacas tienen un poco de genio. ¡Me han hecho correr! Ahora son buenas, pero antes eran difíciles». Cuando el ganado llegó a estas tierras, procedente del Ripollès y la Cerdanya, a las vacas les costó adaptarse: venían del llano.
Son todas hembras excepto un toro, que muge quejoso. Algunas tienen nombre: la primera que compró se llama Margarida, también está la Susanna o la Arisca. «Las lemosinas me gustaron, pero ahora sé que son más inquietas que las pardas», afirma. Cada vaca tiene su personalidad y, entre ellas, se establecen grupos de afinidad y jerarquías. Si una del grupo muere, la echan de menos. «Me pasaría horas mirando a mis vacas. Me encanta verlas y seguir a sus terneros. Cuando estás en la naturaleza, aprendes muchas cosas: sobre meteorología, sobre las hierbas y sus propiedades medicinales. De las vacas aprendo que hay que tener paciencia, que no todo debe hacerse deprisa», explica Peña.
Paciencia y esfuerzo son lo que ha necesitado esta pastora para sostener su proyecto ganadero, iniciado en 2018 junto a su pareja, Isaac Reyes, aunque él ahora trabaja fuera de la explotación. Son autodidactas y siempre les ha movido la pasión por aprender. Virginia, una mujer alta y de mirada clara, de pequeña ya soñaba con tener animales: «Siempre estaba removiendo gusanos y perros, y siempre que podía me llevaba algún animalillo a casa», ríe. De hecho, uno de sus deseos era ser domadora de caballos y ya ha cumplido esa meta. El otro deseo, que compartía con su compañero, era poder gestionar una masía. Lo consiguieron con creces: «Con mi pareja queríamos una casa de payés, pero nos fuimos "liando". Primero limpiamos las tierras. El siguiente paso fue poner ovejas y cabras. Y después, las vacas». Las ovejas y las cabras las dejaron al cabo de unos años, ante la complejidad que implicaba el pastoreo en la montaña y otras complicaciones añadidas.
«Cuando pedí un crédito personal para comprar las vacas, mi familia pensaba que me había vuelto loca», rememora. Ahora ya lo entienden y, de hecho, su padre suele venir a echarle una mano. Su compañero también la ayuda en las tareas más pesadas, como llevar el tractor y «hacer hierba». El resto, en cambio, es cosa de Virginia: una ganadera y payesa, orgullo de todas las mujeres del Berguedà, amante de la buena carne y de la naturaleza.
«De las vacas aprendo que hay que tener paciencia, que no todo debe hacerse deprisa» Virginia Peña
Un parque rural de nueva creación
La Ganadería El Cingle, la empresa de Virginia, debe su nombre a la nave donde se refugian las vacas durante el invierno, un espacio que también compró. Desde allí contemplamos el embalse de la Baells y hasta el macizo de Montserrat, una vista privilegiada en pleno Parc Regional del Prepirineu Català (Prepicat). Creado en noviembre de 2022 como asociación de municipios (Castellar del Riu, Cercs, Fígols y Vallcebre) y bajo el liderazgo del Consell Comarcal del Berguedà, el parque es una figura de gestión territorial pionera en Cataluña, inspirada en el modelo francés de parque regional, que busca conciliar la conservación de los valores naturales con el desarrollo económico del sector primario y el fomento del turismo responsable. La Diputación de Barcelona es su principal socio económico y técnico, con una aportación de 318.000 euros desde la creación del espacio.
Todo esto es la teoría, pero Virginia es una mujer práctica. El alcalde de Fígols la informó de la iniciativa del parque, aunque reconoce que aún es muy nuevo y que, de momento, no ha notado un impacto directo en su día a día. Aun así, valora la idea de contar con apoyo técnico, económico e institucional para fomentar el sector primario y reconocer los servicios ecosistémicos que aportan proyectos como el suyo. «Es importante que haya iniciativas de este tipo para proteger el territorio y la economía local», afirma. En otros parques ya consolidados ha visto cómo se instalan abrevaderos para los animales, nuevas vallas o pasos canadienses. «Hacen medidas para que todo pueda convivir», explica, y sonríe al comentar que han arreglado la carretera. Una mejora que apunta en la dirección que espera del Prepicat: convertirse, para ella y para la comarca, en una herramienta tan concreta como necesaria.
El parque se extiende por el Alt Berguedà y es eminentemente forestal: el 96% de su superficie agraria (17.498 hectáreas en total) es masa forestal, mientras que solo un 3% son tierras de cultivo (523 hectáreas), con un potencial de recuperación de 1.210 hectáreas. Virginia conoce bien esta realidad: «Hay muchas zonas por recuperar y muchos bosques abandonados. Habría que cuidarlos para prevenir incendios».
«Es importante que haya iniciativas de este tipo para proteger el territorio y la economía local» Virginia Peña
Mujer, ganadera y sin miedo
En este contexto, la ganadería extensiva de Virginia es una actividad estratégica: contribuye al mantenimiento del mosaico agroforestal, a la prevención de incendios y a la viabilidad de un territorio que ha vivido décadas de despoblamiento y abandono del sector primario. Además, no es un caso aislado: en el parque, el 38% de los titulares de explotaciones agrarias son mujeres.
«Conozco a bastantes mujeres de la zona que tienen su propio rebaño, en pareja o en formato cooperativa, con otras mujeres». Considera que hay muchas más que antes, y eso la anima a seguir. Sin ir más lejos, una vecina gestiona un rebaño de ovejas lecheras muy cerca de su casa. «Y nos echamos una mano cuando hace falta. Todos los payeses, sean hombres o mujeres, nos ayudamos». Los espacios de apoyo siempre son clave en un sector tan vulnerable como el primario: al principio, Virginia se asoció al colectivo de Ramaderes de Catalunya, formado por mujeres ganaderas de ganado de pastoreo, pero lo dejó porque implicaba tener presencia en las redes sociales, una exigencia que no encaja con su manera de entender el trabajo.
Cuando le preguntamos si ha sufrido alguna discriminación en su trabajo, admite que sí, sobre todo por parte de payeses de la vieja escuela. «Les costaba entender que tú sola llevaras el rebaño, y solían dirigirse a mi pareja», explica. Cada vez menos, sin embargo. El hecho de verla gestionar la mayoría de las tareas agrarias y ganaderas, haciendo frente a los retos del día a día, ha ido poniendo las cosas en su lugar. Lo ilustra con un ejemplo: un día una vecina la llamó porque había mucha sangre en la mitad de una carretera. Un grupo de buitres había atacado a una vaca y había que ir a ver cómo estaba el animal herido. Aquel día no dudó ni un momento, igual que tampoco duda cuando tiene que estar sola en la montaña, incluso de noche. Pero no siempre fue así. «Al principio tenía mucho miedo, entre otras cosas porque no me oriento demasiado bien. Ahora mi temor es cero. No hay peligros aquí, ni humanos ni de la fauna. Si veo un jabalí de noche, ¡lo asusto yo!», ríe. En las montañas de Vallcebre, jabalíes, corzos y zorros son vecinos habituales de Virginia.
De repente le viene a la memoria la vez que iba con el rebaño de ovejas y un grupo de cazadores hirió a un jabalí. Ella, sin saber dónde estaba el animal, se metió por el medio con el rebaño y su perro pastor fue atacado. «Los jabalíes solo se ponen agresivos si se sienten en peligro», apunta.
La vida de pastora le permite acumular experiencia y descubrir las necesidades de los grupos humanos que hacen uso de la montaña. Uno de esos grupos son los cazadores, con quienes tiene muy buena relación. «Hay buena convivencia. Tienen que tener cabeza, pero tienen que estar. Los jabalíes nos hacen daño en los campos. Además, hay temporadas en que cogen enfermedades y hay que vigilar que no las transmitan a las vacas», explica. De hecho, pronto tendrá que vacunar al rebaño a raíz de una enfermedad transmitida por un mosquito.
“Al principio tenía miedo de la montaña. Pero ahora mi temor es cero. No hay peligros aquí, ni humanos ni de la fauna. Si veo un jabalí de noche, ¡lo asusto yo!» Virginia Peña
Convivir con el turismo
Vivir y trabajar en un parque rural del Prepirineo también implica convivir con el turismo de fin de semana y de vacaciones. A pocos kilómetros de los pastos donde descansan las vacas de Virginia, está la colonia minera de Sant Corneli. Durante la entrevista, oímos una sirena: es una demostración del museo que recuerda el pasado carbonífero de uno de los núcleos de extracción más importantes de Cataluña, activo hasta los años noventa.
Uno de los objetivos del Prepicat es, precisamente, fomentar el turismo responsable: que los visitantes se integren respetuosamente en el territorio y equilibren disfrute y cuidado de la naturaleza. Virginia les lanza un mensaje claro: «Por favor, respetad las tierras».
El verano es relativamente tranquilo: sobre todo hay senderistas y deportistas con quienes no tiene demasiado problema. La primavera ya es otra cosa. Los visitantes entran con el coche en los campos y, en plena temporada de hierba, lo aplastan todo. «Si no lo tienes cerrado, parece que no puedes decir nada», se queja. Además, es la época de partos: a veces ha visto personas que, aun viendo que una vaca está pariendo, se quedan embobadas ante el animal justamente en un momento en que las vacas podrían embestir, porque defienden a sus terneros a ultranza.
El otoño, en cambio, es su pesadilla particular. Los buscadores de setas suben al bosque con una obsesión como si «les fuera la vida» y Virginia ya no puede venir a primera hora. Su jornada no empieza hasta que los buscadores ya se han ido. Entonces revisa los cierres, las vallas y recoge la basura que han dejado.
Recuerda una historia que es a la vez divertida y reveladora. Un buscador de setas decidió aparcar en medio del rebaño y, al volver unas horas más tarde, su coche había mutado. Se lo encontró lleno de babas y mordido por todas partes, porque las vacas lo habían lamido de arriba abajo atraídas por la potasa que desprende el vehículo. Una imagen que dice mucho sobre la desconexión de muchos visitantes con la realidad de la naturaleza.
Una carne que hace territorio
La carne de ternera de la Ganadería El Cingle está certificada por el Consejo Catalán de la Producción Agraria Ecológica (CCPAE). Las vacas siempre pastan al exterior y los terneros se quedan con las madres hasta los seis meses, cuando el tratante se los lleva para el engorde y la comercialización. Aunque al principio hacía venta directa, ahora ya no: es demasiado trabajo para ella sola. A pesar de ello, sabe muy bien qué opina la gente que come la carne que produce: «Mis clientes valoran mi producto porque es ecológico, no lleva antibióticos y es saludable. Y comiendo mi ternera saben que hacen territorio». Entre sus proyectos de futuro, le gustaría recuperar la comercialización directa.
No es la única productora que echa en falta una red de comercialización de proximidad. Proyectos como Singulars, de la Fundación Eixarcolant, pretenden precisamente suplir esta carencia: crear una red de distribución a gran escala para facilitar la relación entre productores, elaboradores y comerciantes. El objetivo es hacer accesibles los productos locales y contribuir a frenar la desaparición tanto del sector agrario como del comercio de proximidad.
«Mis clientes valoran mi producto porque es ecológico, no lleva antibióticos y es saludable. Y comiendo mi ternera saben que hacen territorio» Virginia Peña
Entre la tradición y la innovación
A Virginia le gusta combinar un manejo tradicional con prácticas modernas. En el segundo año de vida de su explotación probó los collares de geolocalización para monitorizar en tiempo real la ubicación de las vacas. «Al principio no sabía que una vaca se queda en el lugar donde la dejas. ¿Cómo le podía pedir que se quedara? Está el pastor eléctrico, pero yo me preguntaba "¿y si se van"?». Como pastora, prefiere acompañarlas antes que guiarlas, porque con el tiempo ha aprendido que las vacas conocen muy bien el terreno: cuando acaban el alimento, bajan solas montaña abajo. Los collares les fueron muy bien, pero había zonas del cantil sin cobertura y acabaron dejando de usarlos. De vez en cuando todavía cogen uno, sobre todo cuando hay una vaca a punto de parir: el nacimiento de un ternero es un momento demasiado importante y delicado para dejar a un animal sin localizar. En zonas con buena cobertura, los collares de geolocalización sirven para reducir el tiempo de supervisión del rebaño y ayudan a detectar comportamientos extraños del ganado.
El Instituto de Investigación y Tecnologías Agroalimentarias (IRTA) también le ha propuesto participar en un proyecto de cercados virtuales, una alternativa innovadora a los cercados físicos que consiste en colocar a las vacas unos collares con geolocalización y definir la zona de pastoreo con unos límites digitales que se trazan con el teléfono móvil. Si el animal se acerca a las coordenadas marcadas en el mapa virtual, el collar se activa y emite un sonido distintivo que le avisa de que no siga avanzando. Si la vaca hace caso omiso y continúa, el sonido se refuerza con un pequeño impulso eléctrico que la invita a detenerse, siempre de una intensidad inferior a la que recibiría con un hilo eléctrico convencional. Esta solución elimina la necesidad de cercados físicos y permite a los pastores y ganaderos controlar a los animales desde el móvil, haciendo el trabajo más eficiente sin comprometer el bienestar de las vacas.
Sin embargo, de momento, no ha tomado la decisión de probarlo. Virginia teme que la cobertura vuelva a ser un problema y, sobre todo, le preocupa que, sin vallas físicas, las personas que visitan el parque invadan más sus campos de pastoreo. «Si ya me entran ahora con el pastor eléctrico, ¡imagináos sin él!», añade.
Libre entre vacas
Después de ocho años de trabajo duro y constante, la Ganadería El Cingle es viable económicamente. Además, ha pagado el rebaño y la nave donde se refugian las vacas cuando hace frío, que tiene en propiedad. «Al principio, todo fue invertir, pero ahora puedo decir con orgullo que las vacas son mías, y no del banco», explica la berguedana. No fue fácil: le tocaron una gran nevada y dos períodos fuertes de sequía: «La hierba no crecía y me gasté la ayuda de joven incorporación comprando alimento para los animales. Con mangueras les daba el agua de donde podía».
Próximamente le gustaría incorporar a su compañero al proyecto, para poder vivir los dos de él, tal como se habían imaginado al principio. A él le encargaría las tareas del tractor y el papeleo, que es la parte que más detesta del trabajo: «El único problema que le veo al oficio es la burocracia. Las leyes están hechas en los despachos, no en el campo. Hay cosas que nos piden que no tienen mucho sentido, como poner el crotal de identificación a los terneros en los siete primeros días de vida». Esta tarea es muy pesada cuando las vacas y terneros están en libertad, que es su caso. «A mí me encantaría que viniera un veterinario público a hacer esta tarea de crotalar», pide. Aun así, ella cree que sería más acertado hacerlo a los seis meses, cuando viene el tratante a llevarse los terneros. Pero para entender por qué, hay que conocer el oficio y haberse arremangado. «Los técnicos de oficina que vienen por aquí observan y apuntan, pero no pinchan, no crotalan...», explica.
A pesar de los contratiempos, Virginia Peña asegura tener una buena vida. «El trabajo es esclavo, eh, pero si te gusta la naturaleza, te lo recomendaría. Yo lo volvería a hacer. Me siento más libre aquí que en una oficina, en una fábrica, en un bar… Aquí tengo una libertad enorme y se está muy bien fuera», dice con una sonrisa. Además, la cabeza le bulle con nuevas ideas: quiere impulsar un proyecto genético para reproducir vacas sin cuernos, volver a tener un rebaño de ovejas y, con el tiempo, comercializar nuevamente de forma directa. Esta pastora y ganadera del Prepirineo tiene las cosas claras y un profundo respeto por el territorio donde vive y trabaja. Una manera de vivir que es, también, una declaración de amor al Berguedà: la comarca que, para Virginia, lo tiene todo.
«Las vacas son mías, y no del banco» Virginia Peña